II. ENOJO
¡ DÉJENLA DESCANSAR POR FAVOR!
Acaso no ven que no la dejan partir con sus falsas palabras de aliento para mí.
¿Creen que ella no sufrió?, que simplemente como una desalmada sin corazón partió sin lágrimas en sus ojos, sin sufrir, sin pensar en que sería de mí sin ella.
Acaso no ven que no la dejan partir con sus falsas palabras de aliento para mí.
¿Creen que ella no sufrió?, que simplemente como una desalmada sin corazón partió sin lágrimas en sus ojos, sin sufrir, sin pensar en que sería de mí sin ella.
Sepan que si alguien la hizo sufrir, fui yo. Le mostré el dolor con todas sus letras todas las noches al pie de su cama, rogándole a un Dios sordo porque no la separara de mi lado, cada mañana aplicando uno a uno los remedios para alentar a la implacable muerte.
Y ahí van ustedes con sus “Podría haberse cuidado más”, “Podría
haber tomado aquel tratamiento”, “Si tan solo hubiera dejado de fumar”.
Comentan, presumen, critican. Sé muy bien que ella lo hacía a sus espaldas, que aquel comía horrendamente, que si aquella era una loca controladora, que al otro lo engañaba su esposa; pero todos siguen aquí, de pie, transformando el oxígeno y todo lo que tocan en desechos apestosos. . . ¿y ella?
Solo quiero cerrar estas puertas de golpe, gritarles que la dejen, que se larguen a otra parte y no molesten más su (no) existencia y me dejen seguir con mi dolor. Quisiera sacar a su madre que lleva horas mirándome acusadoramente, como si yo fuera el culpable de esta tragedia. . . sin saber que el más afectado por su muerte soy yo, que el desamparado, inconsolable no será ni ella ni su padre.
Y aquí me encuentro yo, en este pozo de rabia y coraje, despreciando a la mujer que te dio la vida, sin tenerte a mi lado para poder superar este último arranque de ira.
Comentan, presumen, critican. Sé muy bien que ella lo hacía a sus espaldas, que aquel comía horrendamente, que si aquella era una loca controladora, que al otro lo engañaba su esposa; pero todos siguen aquí, de pie, transformando el oxígeno y todo lo que tocan en desechos apestosos. . . ¿y ella?
Solo quiero cerrar estas puertas de golpe, gritarles que la dejen, que se larguen a otra parte y no molesten más su (no) existencia y me dejen seguir con mi dolor. Quisiera sacar a su madre que lleva horas mirándome acusadoramente, como si yo fuera el culpable de esta tragedia. . . sin saber que el más afectado por su muerte soy yo, que el desamparado, inconsolable no será ni ella ni su padre.
Y aquí me encuentro yo, en este pozo de rabia y coraje, despreciando a la mujer que te dio la vida, sin tenerte a mi lado para poder superar este último arranque de ira.
Aunque es momento de regresar a la cara de lamentable
idiota, no sea que uno de ellos pueda adivinar el deseo por encerrarlos en ese
bunker de muerte contigo.


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